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1   El vino en la liturgia y en el culto a los muertos.
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El misterio del hombre y el vino, unidos a lo largo de la historia, la vida y la muerte… Por Clara Luz Zaragoza.

Aunque la vid es tan vieja como el hombre, no se sabrá nunca cuándo éste descubrió el fenómeno de la fermentación de las uvas y el resto del proceso que las convierte en bebida embriagante. Pero sí sabemos que tanto el vino, como la sidra y la cerveza fueron, desde los propios orígenes de la religión, elementos de carácter sagrado dentro de la esfera litúrgica.

 

Se ha querido ver –nosotros queremos verlo- en la utilización de bebidas fermentadas, en los actos rituales, una equivalencia simbólica entre el éxtasis místico del hombre amante de Dios, su estado mental abismático, y los estados de la embriaguez; es decir, algo similar a lo que se hizo con el fenómeno de los sueños.

 

La realidad trastocada y mejorada, que es el resultado de la ingestión desmedida de alcohol, se parece mucho al frenesí divino, a la posesión espiritual, por parte del dios, del exaltado adorante.

 

El culto a los muertos, los sacrificios y fiestas de homenaje a los dioses y semidioses, las diversas prácticas conectadas de un modo u otro con las religiones y con las sectas esotéricas (la adivinación, la magia), contaban con un auxiliar permanente: el vino. La enomancia era una ciencia de los presagios, que se obtenían después de observar el color del vino y sus efectos sobre las personas.

 

Uno de los más primitivos actos rituales en los que se daba intervención al jugo de la vid era la ceremonia del pan y del vino. La partición del pan y el vino ante un altar se describe en una tablilla hallada en la ciudad fenicia de Ras-Shamra, y también en el capítulo XIV del Génesis, para repetirse, quizá con una significación parecida, en los Evangelios. El doctor Barton, de Filadelfia, opinó que la ceremonia ritual del pan y del vino de Ras-Shamra (Ugarit) fue probablemente la misma practicada por Melquisedec cuando se encontró con Abraham, unos seiscientos años antes de Moisés.

 

El pasaje pertinente es brevísimo, pero encierra tantas sugestiones que ha promovido aluviones de exégesis. Cuando Abraham regresa de su persecución a Kedorlaómer, Melquisedec, sacerdote, le sale al encuentro en el Valle de Savé (o Valle del Rey):

 

“Entonces Melquisedek, monarca de Salem, sacó pan y vino, pues era sacerdote de Dios Altísimo, y le bendijo exclamando: “Bendito sea Abraham / del Dios Altísimo, creador de cielo y tierra, / y bendito sea Dios Altísimo, /

que entregó / a tus enemigos en tu mano”. Tras lo cual (Abraham) diole el diezmo de todo” (Génesis 14: 18-20).

 

Varias cosas aparecen más o menos claras: Melquisedec era, a no dudarlo, un rey pontífice, un “rey de sacrificios”, idéntico a los que hubo en Grecia y en Roma. El Dios Altísimo, en hebreo El Elyón, citado en el pasaje, no es otra cosa que la unión de dos divinidades fenicias: El, señor de la Tierra, y Elyón, señor del Cielo. Melquisedec, pues, era sacerdote de esos dioses, y Abraham, que debió dar el diezmo al rey de Save, era, no sólo devoto de esas divinidades o religión, sino sometido a tributo al monarca de la región. Algunos comentaristas explican que Abraham lo honró sólo por ser sacerdote del Dios verdadero. De todos modos, las tradiciones judeocristianas tienen a Melquisedec como tipo de Mesías y al sacrificio del pan y del vino como prefiguración del sacrificio eucarístico.

 

Los teólogos del cristianismo esotérico ven en la Eucaristía algo más que la institución de un sacrificio por Jesucristo durante la última Cena. “No sólo ese acto simbólico y místico –dice Schuré- es la conclusión y el resumen de toda la enseñanza de Cristo, sino también la consagración y el rejuvenecimiento de un antiquísimo símbolo de iniciación. Entre los iniciados de Egipto y de Caldea, así como entre los profetas y los esenios, el ágape fraternal marcaba el primer grado de la iniciación. La comunión bajo la especie del pan, ese fruto de la gavilla, significaba el conocimiento de los misterios de la vida terrestre al mismo tiempo que el reparto de los bienes de la tierra y, por consiguiente, la unión perfecta de los hermanos afiliados. En el grado superior, la comunión bajo la especie del vino, esa sangre de la vid penetrada por el sol, significaba el reparto de los bienes celestiales, la participación en los misterios espirituales y en la ciencia divina”. Seguidamente, el autor francés explica: “Al legar esos símbolos a los Apóstoles, Jesús los amplió. Porque a través de ellos extiende la fraternidad y la iniciación, antes limitada a algunos, a la humanidad entera. Les agregó el más profundo de los misterios, la mayor de las fuerzas: su sacrificio. De ello hizo la cadena de amor invisible, pero indestructible, entre él y los suyos. Ello daría a su alma sacrificada un poder divino sobre sus corazones y sobre el de todos los hombres. Esa copa de verdad llegada del fondo de las  edades proféticas, ese cáliz de oro de la iniciación que el anciano esenio le presentara mientras lo llamaba profeta, ese cáliz del amor celestial que los hijos de Dios le ofrecieran en el transporte de su más elevado éxtasis –esa copa donde ahora veía relucir su propia sangre- la tiende a sus discípulos bien amados con la inefable ternura del adiós supremo”.

 

*   *   *

 

Los antiguos creían que el alma quedaba encerrada en la tumba, es decir, suponían que algo viviente quedaba con el muerto. Por eso, una vez concluida la ceremonia fúnebre se llamaba tres veces al alma del muerto con el nombre que tenía en vida y se le deseaba una existencia feliz bajo tierra. Esta creencia se ve demostrada todavía más con una costumbre singular: los familiares derramaban vino sobre la tumba para calmar la sed del muerto. Los griegos enterraban una vasija cuya base estaba cribada, para que el vino se filtrara bajo tierra.

 

Esquilo también nos ha transmitido esa costumbre.

 

Llevo a mi esposo estos sustentos que regocijan a los muertos, leche, miel dorada, el fruto de la viña; evoquemos el alma de Darío y derramemos estos brebajes, que la tierra beberá, llegando hasta los dioses de lo profundo.

 

Los romanos construían junto a los sepulcros una especie de cocina (culina) destinada a cocer los alimentos para los muertos. Según Plutarco, después de la batalla de Platea los guerreros muertos fueron sepultados allí mismo, y los habitantes del lugar les ofrecían anualmente un banquete fúnebre y les ofrendaban leche, vino, aceite y perfumes.

 

En la India, los manes de los muertos eran alimentados con la sraddha, una mezcla de arroz, uvas, leche y frutas. Esta comida hacía benevolentes a los espíritus, los cuales, si eran privados de ella, salían de la tumba y erraban por la tierra atormentando a los vivos, como las larvas romanas.

 

El vino era una de las especies que se ofrendaba a los dioses y, en Roma, especialmente a Vesta, personificación del fuego del hogar. En los altares romanos familiares se le ofrecía leña y vino griego, y antes de beber se hacía una libación de vino en su honor. Agni, en la India, era honrado con libaciones de soma, un licor alcohólico sagrado. Los aínos, pueblos blancos del Japón y de Siberia, reverenciaban a su máxima divinidad, Fuyi (el fuego sagrado) con libaciones de vino.

 

El ritual de cada ciudad prescribía concretamente cuál era el vino que debía usarse en las ceremonias sagradas, pues no todos los vinos servían para el caso. Las prescripciones se extendían a los vestidos que debía llevar el que hacía las libaciones, a los vasos que contenían el líquido y otros detalles. Cualquier modificación en el ritual era una impiedad.

 

Varios autores nos confirman estos severos reglamentos. Plutarco escribía: “Habrá impiedad en ofrecer a los dioses una libación con vino de viña sin podar”. En Roma, eran los sacerdotes quienes fijaban todos los años el día en que debía comenzar la vendimia y el día en que el vino nuevo podía beberse.

 

Ya hemos visto cómo los escitas y otros pueblos acostumbraban a hacer sus pactos con los representantes de otras naciones en medio de libaciones y ceremonias más o menos religiosas.

 

En la Ilíada se describe una ceremonia típica, antes del combate decidido entre Paris y Menéalo (que terminó vergonzosamente para el primero, a quien Venus hace desaparecer en una nube para salvarlo del monarca griego). Veamos la descripción homérica, verdadero documento que ilustra sobre un pacto entre dos ejércitos contendientes:

 

“Y los heraldos atravesaban la ciudad llevando los sinceros testimonios de sumisión para los dioses, consistentes en dos corderos y en el alegre vino, fruto de la tierra, que conducían en un odre de cabra. Y el heraldo Ideo llevaba una crátera relumbrante y copas de oro; y aproximándose al anciano (Príamo), le animó con estas palabras: ¡Levántate, Laomedontíada! Los príncipes de los troyanos domadores de caballos y de los acaienos revestidos de bronce te invitan a bajar al llano para cambiar con ellos juramentos inviolables. Y Alejandro (= Paris) y Menéalo, grato a Ares, combatirán por Helena con sus largas picas, y las riquezas de ella pertenecerán al vencedor. Y cuando todos hayamos hecho alianza y cambiado juramentos inviolables, los argienos regresarán a Argos, tierra de caballos, y a la Acaia de hermosas mujeres. Habló así, y el anciano se estremeció, y ordenó a sus compañeros que uncieran los caballos, y le obedecieron con presteza aquéllos. Príamo subió luego al hermoso carro, apercibiendo las riendas, y Antenor acomodóse junto a él; y salieron ambos por las puertas Sceas, guiando por la llanura a los caballos ágiles. Y cuando llegaron al sitio en que se hallaban los troyanos y acaienos, descendieron del carro a la tierra madre y se colocaron entre troyanos y acaienos. Y en seguida el rey de los hombres, Agamenón, se levantó, y también el sagaz Odiseo. Después los

venerables heraldos reunieron las sinceras ofertas hechas a los dioses, mezclando en la crátera el vino y vertiendo agua en las manos de  los reyes. Y con el cuchillo que siempre le pendía al costado junto a la gran vaina de la espada, el Atreida Agamenón cortó un mechón de lana de la cabeza de los corderos, y los heraldos lo distribuyeron entre los príncipes troyanos y acaienos. Y en medio de ellos oró el Atreida en alta voz y con las manos extendidas: -¡Gloriosísimo y máximo Padre Zeus, que dominas desde lo alto del Ida! ¡Helios, que todo lo ves y oyes!  Y vosotros, los que en las regiones subterráneas castigáis a los perjuros, sed testigos y afirmad nuestros juramentos inviolables! Si Alejandro matara a Menéalo, puede guardar a Helena y todas sus riquezas, y nosotros nos retiraremos en nuestras ligeras naves; pero si el rubio Menéalo mata a Alejandro, los troyanos devolverán a Helena y todas sus riquezas y pagarán a los argienos, como es justo, un tributo del que tampoco han de olvidarse los hombres venideros. Pero si, muerto ya Alejandro, Príamo y los hijos de Príamo se negasen a pagar ese tributo, me quedará y combatiré por él hasta dar fin a la guerra”.

 

“Habló así, y con el bronce cortó la garganta de los corderos y los arrojó a tierra palpitantes y ya exánimes, pues el cuchillo les arrebató la vid. Y sacando todos con las copas el vino de la crátera, lo derramaron y rogaron a los dioses que siempre viven”.

 

Este ritual se prolongó hasta épocas plenamente históricas, como lo revelan Tucídides, Jenofonte, Virgilio, Tito Livio y otros autores antiguos.

 

 

Fuente: Baco 4. Historia y Mitología del vino. Clara Luz Azagoza. Editorial Mundi. Bs. As. 1964.

 





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