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1   El Descubrimiento del roble.
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El roble: leyenda, arma de guerra, simple reservorio…, hasta llegar a constituir el más fino elemento de crianza de los grandes vinos. Por Mauricio Wiesenthal

Aunque la leyenda afirma que Diógenes vivía encerrado en un tonel, atesorando en su espíritu los complejos misterios de una buena crianza, los griegos envasaban sus vinos en ánforas de barro y en odres. Para enmascarar los malos olores del  pellejo y disimular las fatigas de esta aviesa crianza, añadían al vino todo tipo de especias y sustancias aromáticas. Aquellos tintos resinados y mezclados con agua de mar debían de oler como el famoso garum de tripas de anchoa y pescado en salazón que constituía una de las delicias de la mesa greco-latina.

 

En tiempos de César, los romanos ya utilizaban, con fines militares, los toneles de madera llenos de pólvora. En el Almunsterweiher, antiguo foso de la fortaleza de Maguncia, se encontró en 1864 una barrica romana del siglo I que pasó a formar parte de los tesoros arqueológicos del museo de la ciudad. Pero, haciendo una concesión a la tradición vinícola de Francia, se supone que fueron los galos quienes primero transportaron el vino en barricas.

 

El primer emperador europeo, Carlomagno, recomendaba en sus Capitulaciones que el vino se envasara solamente “en buenos barriles con aros de hierro”. Pero durante mucho tiempo se siguieron utilizando las tinajas de barro y, en el mejor de los casos, maderas locales como el pino, el castaño, el avellano o el roble.

 

Después del descubrimiento de América, en la zona de Jerez, por ejemplo, se hacían botas con la madera de caoba que traían como lastre los barcos, a su regreso de los puertos de la colonia.

 

La madera, antes de dedicarse a los fines pacíficos de la crianza del vino, siguió utilizándose mucho tiempo con explosivos propósitos bélicos. Y así, en 1582, todas las botas de Jerez fueron requisadas para almacenar pólvora y agua en los barcos de la armada que debían dirigirse a defender las Azores. Desde el punto de vista político, la operación fue un éxito, porque las tropas del prior de Ocrato –el hijo de la Pelícana- fueron derrotadas. Pero desde el punto de vista económico, la cosecha fue un desastre, ya que gran parte del vino se perdió y las pocas barricas que se salvaron de la leva se vendían a precio de oro, originando la ruina de muchos honrados viticultores.

 

La experiencia fue demostrando que los vinos criados en roble adquirían una bella coloración y un agradable perfume de ámbar, vainilla y tanino. Pero los ideales estéticos del humanismo tardaron algún tiempo en ser incorporados al mundo del vino. En 1482, el cabildo de Jerez dictaba una orden prohibiendo que los vinos se envasaran en “madera ensardinada, ni madera de atún, pescado o aceite”. Así se comprende que el genial Leonardo da Vinci se dedicase a investigar la forma de convertir vino blanco en tinto sin utilizar los pigmentos naturales del hollejo: “Pulveriza agallas –escribe el desconcertante Leonardo- y déjalas reposar ocho días en vino blanco; al mismo tiempo, disuelve vitriolo en agua y déjala reposar y aclarar, igual que al vino, aunque por separado. Fíltralos bien y, cuando hayas desleído con esa agua al vino blanco, lo obtendrás tinto”. No debía de ser ese vino el que probó la Gioconda cuando se relamía tan gustosamente mientras Leonardo inmortalizaba el misterio de su sonrisa.

 

Con los años, la industria de la tonelería fue prosperando y se determinaron las mejores maderas para la construcción de los cascos: roble de Europa septentrional (Danzig, Lübeck, Riga), del mar Adriático (Bosnia) y de Norteamérica (Nueva York y Nueva Orleans). La madera americana fue siempre muy apreciada porque, al ser más compacta, disminuía la merma de los vinos. Además, el roble americano se trabaja más fácilmente porque es menos nudoso.

 

La barrica demostró que tenía el poder de mejorar el vino, estableciendo entre el líquido y la madera un intercambio mutuo que favorece a ambos en una perfecta simbiosis. Por eso, los bodegueros más modestos adquieren, de segunda mano, las barricas donde se han criado los grandes crus, con la esperanza de que sus vinos segundones hereden el linaje de los nobles primogénitos. Y, en ciertas regiones, como el Jura, el refranero popular afirma que ningún bodeguero se entierra solo, ya que sus colegas asedian a la viuda disputándose las barricas del difunto.

 

Fuente: El vino. Por Mauricio Wiesenthal.

Foto copete: DNR – Indiana Department of Natural Resources. Estados Unidos. Foto principal: Guelbenzu. España.





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